Texto publicado por la revista Chiquilla Te Quiero el 9 de Septiembre de 2026. Link a la publicación original.
La obra de Mena Guerrero se empeña en hacer visibles las conexiones minúsculas que dan forma al mundo. Genealogías y mundos imposibles, la más reciente muestra de la artista guatemalteca, se establece como un pequeño cosmos habitado por seres amorfos, de contornos tan ambiguos que llegan a entremezclarse con las formas de composiciones vecinas. Cuando llegan a definirse concretamente, solo lo hacen en relación con aquello que los rodea, y se combinan ilimitadamente para crear un cuerpo mutante hecho de figuras, líneas, y colores convergentes. Es en esta trama de correspondencias donde Guerrero articula la fuerza cosmogónica propia del acto de recordar.
Desde el umbral del espacio itinerante de CURA, ubicado en la Zona 4 de la ciudad capital de Guatemala, la exposición se despliega lateralmente en dos salas conectadas por un pasillo recibidor. Detrás de muros de vidrio y hierro, ambas salas se abren amplias e iluminadas, y al ingresar a la de la izquierda nos recibe una colección de relieves en barro. Mangos, casitas, y monstruos se intercalan con volcanes y montañas, dando vida al paisaje supra-cotidiano que conforma el mundo de Guerrero. Al mismo tiempo, la instalación funciona como un índice iconográfico—un diccionario visual en el que el barro activa la memoria y convierte cada motivo en un detonante de recuerdos—. Guerrero retoma imágenes que han acompañado su práctica durante años, como los volcanes y los mangos, continúa retratando con una ternura casi obsesiva. Los seres híbridos, por su parte, la acompañan desde los primeros bocetos que dieron origen a su trayectoria artística, y reaparecen aquí como una genealogía visual que enlaza distintas etapas de su obra.

Guatemala, 2026. Fotografía: Byron Mármol.
Guerrero transita entre técnicas con fluidez, repitiendo imágenes y motivos con obstinación. El espacio hacia la derecha es un assemblage de pinturas a gran escala, piezas de cerámica, relieves en barro e íntimos dibujos sobre papel. La carita de Mítico con peces negro, hecha en pastel seco, reaparece, por ejemplo, como el rostro del sol o el de un leoncito en distintos relieves de barro. En el collage Canción del sol, la misma carita resurge en pastel seco, mientras otro elemento de la composición remite al dibujo al óleo pastel Tejidos volcán. Con cada reaparición, el vínculo entre los habitantes del universo de Guerrero se fortalece, estableciendo tal vez esa genealogía a la que alude el título de la exposición. En la pequeñísima sala anexa al espacio principal, estas simetrías vuelven a surgir junto a la escultura cerámica Universo naranja. Bajo el esmalte de alto brillo, la pieza comprime otro microcosmos autorreferente, donde algunas imágenes resultan familiares, mientras otras son completamente nuevas. Más allá de inventar mundos imposibles, la creatividad implacable de Guerrero propone una realidad sin límites, en la que cada imagen puede desencadenar una serie de relaciones infinitas.


Estas redes de relacionalidad no son únicamente visuales. También conectan memorias y emociones, evocando experiencias de su niñez, de lugares habitados y recorridos, e incluso de versiones pasadas de sí misma. Guerrero transforma dibujos e imágenes de archivo en composiciones que invocan el sentimiento de un recuerdo, más que tratar de retratar los sucesos de este. En piezas como Memorias del choconoy, pequeñas obras en papel conviven con recortes de fotografías de momentos vividos por la artista, sin embargo, no se percibe un orden lineal a través del cual los íconos puedan ser descifrados. En vez, el uso de dibujos e imágenes de archivo resultan en un entretejido de temporalidades en el que el recuerdo real se combina con la memoria del recuerdo. Guerrero encuentra un poder alquímico en el acto de hacer y deshacer imágenes, devolviéndoles cuerpo y vida para transformar un recuerdo preservado con nostalgia en una presencia plenamente corpórea. Otros collages como Carita de Matisse—cuyo marco de papel de china cortado en flequillos remite a piñatas y fiestas infantiles—parecen celebrar este regreso a la vida.


La mayoría de Genealogías y mundos imposibles se impone en tecnicolor, con lienzos y esculturas que surgen como memorias tan vívidas que parecen imaginadas. Las obras atrapan al espectador mediante colores intensos y escalas envolventes, actuando como un campo gravitacional que retiene la mirada hasta que cada uno de sus secretos se revela. Entre estos íconos escondidos, se vuelven a vislumbrar los volcanes, mangos y montañas, esta vez camuflados entre geometrías, como en Universo convergente, o detrás de un velo de pintura al temple y óleo pastel, como es el caso de Leoncito de Venecia sin alas. Guerrero materializa el despertar de memorias en hibernación, aquellas que permanecen latentes hasta encontrar el estímulo adecuado. La particularidad de un olor o un sonido puede activar instantáneamente las conexiones neuronales que permiten que una imagen olvidada vuelva a tomar forma. A veces el recuerdo permanece difuso, suspendido en un estado intermedio y mutante, semejante a los seres híbridos que pueblan la exposición. Otras veces adquiere una claridad tan contundente que nos permite volver a habitar, aunque sea fugazmente, un instante del pasado. Guerrero amplía esta experiencia individual del recuerdo al sugerir que la memoria también puede estar inscrita en el territorio.
El autor guatemalteco Miguel Ángel Asturias propuso la idea de so-oír: la experiencia mística de escuchar voces incorpóreas que parecen hablarnos desde lo más profundo del territorio. Según Asturias, es posible so-oír las memorias de un paisaje y percibir el peso sagrado de lugares como el Lago de Atitlán, en Guatemala, o el Lago Titicaca, entre Bolivia y Perú. A través de la obra de Guerrero, podemos ampliar este concepto y proponer que, si podemos so-oír lo místico y lo sagrado, también podemos so-oír la memoria histórica de un territorio. Volviendo a los volcanes y mangos recurrentes en su obra, podemos imaginar cómo la tierra volcánica del subtrópico guatemalteco acoge y engendra el fruto hasta volverlo inseparable de la región. En esa aparente pertenencia, sin embargo, también se vislumbra la memoria de los procesos coloniales que trasladaron el mango desde Asia hasta Mesoamérica. Para Guerrero, estos desplazamientos hacen eco de su propia genealogía, cuyas raíces se extienden por Asia, Europa y Centroamérica. La persistencia de estas historias hace del pasado una presencia activa, capaz de insistir y transformarse en el presente.

Guerrero nos invita a rendirnos ante la insistencia de la nostalgia y a acoger el regreso de memorias y emociones pasadas. «No como algo triste», explica la artista, sino como una oportunidad de reflexión a través de la cual podemos considerar la continuidad entre nuestro pasado, nuestro presente y nuestros futuros posibles. Este impulso de continuidad también se vuelve tangible en las extensas investigaciones materiales que sostienen la práctica de Guerrero. Los distintos procesos y técnicas se desarrollan de manera acumulativa; cada encuentro con un material informa y transforma el siguiente, generando una cadena continua de aprendizaje y experimentación.
Guerrero da vida a una muestra que propone una revisión de nuestras maneras de ver y pensar los espacios expositivos. La museografía considera cada pieza holísticamente, aprovechando los rincones más íntimos del espacio para establecer diálogos entre materiales, imágenes y colores. Estas conversaciones resuenan a través de las tres salas de la muestra, y entre los murmullos de las obras se revela el eje central tanto de la exposición como de la práctica de Guerrero: la identidad de todo ser existe dentro de una red de intercambios en la que cada lugar, persona y objeto ejerce una influencia equivalente.

Genealogías y mundos imposibles es una cacofonía de voces hecha exhibición que Guerrero logra, sin embargo, consolidar y amplificar hasta convertirla en una invitación para acompañarla en el recorrido por sus universos imposibles mientras descubrimos, poco a poco, los nuestros.